Otro reencuentro, por suerte sin Catanha
Fue un verano de "una de mero" y "una de champiñones" saliendo a todo trapo de los altavoces de los pueblos en fiestas. El Pepe Reina de junio de 2000 fue Ángel Luis y lo de las celebraciones en escenarios públicos aún no nos daba vergüenza ajena, ya que con dieciséis años todavía no sabes qué es eso o al menos yo ni lo intuía. Llegó septiembre y con él la liga de verdad. La que veíamos en La 2 o ETB1 los sábados. Tras seis años en Segunda muchos no sabíamos qué era el Bernabéu o el Camp Nou, pero cuando nos decían "Toledo" respondíamos "el Salto del Caballo" o cuando soltaban "Getafe", "Las Margaritas" (sí, niños, hubo vida antes de eso llamado "Coliseum Alfonso Pérez").
Y con la liga de verdad, el primer rival de verdad. Nos tocó el Celta para estrenarnos. Pinto, "El Negro" Cáceres, Gustavo López, Valeri Karpin, "El Zar" Mostovoi... y Catanha. Un brasileño que había enchufado 53 goles en las dos últimas temporadas en Málaga y por el que el Celta acababa de pagar 2300 millones de pesetas... "de aquellas", que diría mi padre. 14 millones de euros al cambio. Pero, ojo, que hablamos de hace 21 años. Catanha era el coco que temíamos, pero eso no nos impidió hacer una comida autogestionada bien regada. Todo era ilusión de camino al campo. Con nuestras camisetas Astore y nuestro medio pedico bajamos al Sadar para olvidarnos del Poli Ejido, el Marbella y el Palamós y nos chocamos de frente con un tío que nos hizo la gaviota en la cara en el minuto 80, nos devolvió a nuestra realidad de recién ascendido y nos transportó a una mala resaca futbolística y etílica, que la sidra y el pacharán no hacen prisioneros. Al año siguiente la fortuna quiso que el Osasuna - Celta se repitiese en la primera jornada. Y Catanha volvió a revolotear por El Sadar. 0-3.
Ayer volví a "ese" estadio con una ilusión muy parecida. El virus se nos está haciendo bola y retomar algo de normalidad es una bocanada de aire fresco. También regué de forma adecuada la previa, pero cambié la sidra guipuzcoana de 2000 por una botella de Mima'o de Falces de 2018. Me senté en el sitio que me asignaron antes del pitido inicial (cosa rara) y volví a recordar esas cosicas que vivíamos antes de marzo del año pasado. Dirigir al equipo desde la grada, quejarme de gilicórners que nunca salen, exigir chuts porque el que no chuta no mete... Discutir con quien llevo yendo al campo más de 25 años, saludar a compañeros de localidad y saltarme las normas de forma gravísima al levantarme en ocasiones de peligro.
Y es que Kike García, Rubén, Barja y Moncayola me hicieron levantarme de mi asiento. Veía al de Motilla del Palancar como un tronco al más puro estilo Enric Gallego, pero el tío me ha puesto en mi sitio en dos ratos. Abarca campo, baja balones, combina con sus compañeros y es un peligro constante como lo son Barja y Rubén en las bandas. Y lo de Moncayola.... ya capitán general. Un capitán general que cuando yo bebía sidra antes de ver a Catanha, acababa de cumplir dos años.
Atrás la vida sigue igual, que cantaba Julio Iglesias en el 68. Y esto significa que la solidez de la pareja de centrales es absoluta, que los laterales titulares son de fiar tanto para adelante como para atrás y que bajo palos está un tipo chiflado, pero que sabe cuál es su trabajo. Los cinco se van a hartar de jugar minutos si el físico les respeta.
Es cierto que esto va de meter más goles de los que te metan y si no metes ninguno como mucho puedes empatar. Pedro Grullo, que a la mano cerrada llamaba puño, estaría orgulloso de mí. Pero es que lo del gol está siendo un mal endémico en todos los equipos. 1,6 goles de media por partido en la segunda jornada y 2,2 en la primera. Datos engañosos porque en algunos campos se marcaron cinco y seis goles. Mucho 0-0, 1-0 y 0-1; la igualdad es total y solo es cuestión de tiempo y de afinar la puntería de nuestros delanteros. Todo llegará, igual que llegaremos a ver el campo lleno. Un campo que me impresionó con cuatro gatos y que nos emocionará con veintitrés mil.
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