Nos mataron por anhelarlo tanto
Hay veces que la pasión nos invade y hace que perdamos el oremus. Otro elemento que desconecta el cable que une la capacidad de raciocinio y de tomar buenas decisiones es el cansancio. Como los peregrinos a los que la última etapa del Camino de Santiago se les pasa como un epílogo inevitable. Tras tantos pasos ya nada duele y los últimos kilómetros se suceden como en el Cinexin. Algo así pasó ayer en El Sadar desde el minuto 70. La fatiga fue evidente, el ansia por conseguir la victoria emborronó la claridad de ideas y nuestros jugadores solo tenían la portería de Claudio Bravo entre ceja y ceja.
Y justo en ese instante tiene pinta de que un ingeniero ganó a un profesor. El profesor no supo tirar de las riendas de ese caballo desbocado que tenía por equipo e introdujo variantes que aumentaron el desbarajuste y la confusión. Y el ingeniero echó cemento armado al campo para pescar en el río revuelto del once de Osasuna.
Los catorce mil y pico rojillos entre aficionados y profesionales íbamos como las mulillas de arrastre de las plazas de toros. Con los ojos tapados para no ver un peligro que existe. En vez de albero había hierba; en vez de un tema de Concha Velasco cantamos "No hay tregua" a capela; y en lugar de un toro aparecieron Willian José y Juanmi escoltados por William Carvalho. Queríamos tanto ese triunfo, añorábamos tanto el placer de celebrar una victoria con público en casa que nos partimos. Solo había área contraria e intentos desesperados de dar asistencias o marcar. El Betis, cerrado atrás y lejos de parecer el circo defensivo que nos habían vendido por la falta de efectivos, fue ante todo eficaz. Solventó las acometidas de los jugadores de banda de Osasuna sin demasiados problemas y aprovechó ese agujero nuestro del centro del campo para, en dos zarpazos, apuntillar el partido.
Dimos la sensación de haber sido un muñeco en manos del rival que solo esperó al mejor momento para vencer. Nuestro ímpetu y nuestras ganas de triunfar exacerbadas quizá fueron nuestro peor enemigo. ¿Pero qué sería de nuestra idiosincrasia sin esas ganas de ganar ante nuestra gente sin especular? Somos así. Anhelamos ganar. Anhelamos el abrazo del gol. Anhelamos el himno de los Iruña'ko al final con la sonrisa de la victoria. No perdamos eso, aunque a veces nos maten por ello.
Buenísimo. Enhorabuena y gracias, Jau.
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