Mirando más a Vitoria que a San Sebastián. Y devolviendo la guía de Chisinau.

    Unas cervezas y un bocadillo de albóndigas con salsa de tomate y queso en el Parque Tomás Caballero. Los periódicos navarros y alguno de allende la muga leídos. Algunos datos frikis para soltar en antena apuntados en un grupo de WhatsApp en el que me quedé solo y al que rebauticé muy originalmente como "Radio". Expectativas no muy altas y sobre todo muchas ganas de venirme arriba a nada que hiciese mi equipo.

    Llegaba al Sadar con la tarea que me había autoimpuesto en vacaciones hecha. Consistía en desconectar de Osasuna durante dos semanas y activarme el día del partido contra el Athletic por la mañana. Que somos muy osasunistas pero en el Génesis se lee que hasta Dios descansó un rato. Y la cosa empezó bien, casi siguiendo las enseñanzas del mago de Cieza que en su momento pontificó que había que salir al campo y sacar el primer córner, hacer la primera falta y chutar el primer tiro a puerta. Y si el disparo iba fuera que pegase muy fuerte en la valla de publicidad. Y en estas, presión, centro lateral y cabezazo de Kikeyí a la jaula. 1-0. Me encanta que los planes salgan bien.

    Y ya está. Porque el Athletic se comportó como el Sky ciclista de hace unos años. Escápate a 120 km de meta que en los dos últimos puertos pongo a Mikel Nieve y Vasil Kiryienka a tirar y al final gana quien yo diga, o sea, Froome. Y así fue. Dos contraataques mal defendidos y un cuarto de hora después de la explosión de alegría los tres puntos ya iban en La Burundesa hacia Termibús. El cuarteto de navarros de la parte de arriba del equipo zurigorri daba mucho miedo cada vez que se acercaba; no solo a la grada, sino también se apreciaba en los cinco zagueros de Osasuna. Y el miedo se huele. Por alguna razón el club bilbaíno merodeaba por el borde del área con la pelota y nosotros dejábamos una distancia de seguridad de un metro. El balón iba de izquierda a derecha como en un partido de balonmano y nosotros... Nosotros no hacíamos nada.

    De aquí al final, quitando la jugada rocambolesca del filo del descanso hubo muy poco Osasuna y bastante Athletic. Gracias al cielo alguien tiró unas rayas de VAR a Williams de aquella manera que, de lo contrario, el castigo habría sido peor. Del descuento ya me he explayado suficientemente en Twitter y solo diré una cosa más como resumen. Necesitamos al Chimy dentro del campo. 

    Seguimos buscando el alma (y parte del físico) que perdimos hace tiempo y que solo vislumbramos ante el Barcelona. Como nos entretengamos mucho, nos vamos a acercar a un precipicio que parecía lejano. Yo, por de pronto, ya miro más al Alavés que a la Real. Creo que el año que viene no visitaré Chisinau.

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