Cuando sabes que algo va a estallar tras el vaho de tus gafas

    A media mañana del viernes salta la noticia: dos de tres colegas que se sientan juntos en El Sadar no van a acudir al Osasuna - Sevilla. Tres mensajes de WhatsApp, dos llamadas y listo. "Me quedo con esas dos tarjetas y nos intercambiamos las nuestras, Lucho. Tú bajas a mi sitio de Preferencia y yo subo con mi padre y mi hermana al tuyo." 

    Llamo a casa. Mi hermana sé que tiene fiesta el sábado, que ya es hora de librar un sábado en Virgen del Camino. Mi padre, disfrutando de su merecida jubilación, no tiene nada que hacer, pero con el paso de los años hay que luchar ligeramente contra la rutina que, como la entropía, solo crece con el tiempo. "Padre, vamos a ir al fútbol los tres, que hace diez años que no vais. Es contra el Sevilla. Vas a venir, ¿no?" "Venga, ya iremos, sí." Y allí nos plantamos. En la fila 14 del sector 408 tras seguir a la mara que simulando la ascensión al Everest peregrina en fila para hacer cima. A buen seguro el "pelotacico" que nos tomamos en el campo 4 que bautizaremos como "la bolera de la calle Tajonar" ayudó para alcanzar nuestras localidades. 

    Esta 'anticrónica' debería ser la plasmación de cómo he vivido el partido, pero la verdad es que he estado más pendiente de que mi padre y mi hermana estuviesen a gusto y que se fijasen en ciertos detalles que les iban a gustar que del juego. Y lo que he visto me ha parecido café para los muy cafeteros. Como esas dos primeras horas de "Los odiosos ocho" en las que la tensión lo abarca todo, pero en las que no pasa nada. Dos horas en las que sabes que algo va a ocurrir. Algo dentro de esa acción encorsetada entre el dominio técnico de unos y el táctico de otros va a hacer que todo estalle.

    El frío iba calando poco a poco pasadas de largo las diez de la noche. Mi hermana, atenta, casi hierática. Mi padre, hasta los mismísimos huevos de tener que llevar una mascarilla que usada al aire libre tiene como único efecto empañarle las gafas. Los dos equipos parecían no querer hacerse daño del todo. Osasuna merodeaba a cuentagotas la portería sevillista sin llegar a rematar. "Pero es que no va a chutar nadie o qué?". Mi padre, devoto de la Iglesia de Quien no Chuta, No Mete, se hartaba de vernos hacer toques en la media luna del área, de intentar marcar un gol de 'tiki-taka' entre Rekik, Diego Carlos y Gudelj. El Sevilla, sabedor de ser superior, parecía estar convencido que la llegada de su gol solo era cuestión de tiempo.

    Y entonces en el Refugio de Minnie alguien envenena el café y todos empiezan a morir. La espita estaba abierta, aparece una llama por ahí y se desencadena el caos. Un centro pasado, un intento de despeje, un toque a la pierna de Jules Koundé, un árbitro que no ve nada, otro que sí lo hace, ceremonia de la confusión, mano a la oreja, que voy a la pantalla, que no voy, penalti del siglo XXI pitado en el 90 para el equipo Champions, penalti del siglo XXI parado en el 92 por el portero del equipo de la zona baja pero que con la gente en la grada se hace de Copa Intercontinental, final del partido, catarsis rojilla en el campo compartida por todos los hogares que disfrutaron de esos instantes por la radio o la televisión. 

    Descendemos de nuestros asientos a dos pasos de la estructura metálica de la cubierta viendo a la gente disfrutar. Nos introducimos en el esqueleto del Sadar para salir por la parte inferior y acompaño a mi padre a mi hermana a la villavesa antes de ir a echarme un par. 

    - ¿Qué, padre, has disfrutado?

    - Sí, mucho, el campo es precioso, pero a ver si quitan la mierda esta de la mascarilla.

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