Hora y media de bombardeo emocional en el Senado (y algo más fuera de él)

    José Weinstein Cayuela impresiona. Alto, flaco y guapo. Por ese lado más Weinstein que Cayuela a juzgar por las fotografías de las que disponemos de la familia pamplonesa. O al menos afortunado de ser descendiente genético de Enrique y no de Santiago y Natalio a quienes en "Y el tiempo se detuvo" se les califica, al igual que hacía su familia, como "dos gordos alegres". Cuando abre la boca ante el micrófono de la sala Manuel Giménez Abad del Senado de España el atractivo de este hombre se mantiene y a él suma una personalidad arrolladora, un verbo ágil, un dulce tono latinoamericano y un compromiso político evidente y sin licencias. Aquí ya no sabemos si es herencia de su padre psiquiatra o de su madre médica, pero es evidente un poso familiar fruto de horas de historias sobre exilio, ocultación y compromiso por los demás.

    Cuando este sociólogo termina su intervención la concurrencia prorrumpe en un aplauso potente y sincero. José ha cerrado la presentación en la Cámara Alta del libro de Eduardo Martínez Lacabe con un duro croché de realidad, de amargura por lo pasado y de esperanza por lo venidero. Ha sido hora y media de relatos duros sobre gentes maltratadas. Personas que fueron borradas política y profesionalmente en el mejor de los casos o que pagaron con su vida o el exilio forzoso en el peor. Personas que solo querían el progreso para el pueblo en una sociedad enferma de odio y resentimiento gobernada por la creencia y el dogma.

    Quien escribe esto hoy no daba a basto para tuitear las frases brillantes de los ponentes del acto. José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo, comentando que no sabía qué especie era el "futbolista apolítico" o que Natalio Cayuela era un "hombre bueno que quería lo mejor para los demás", el senador Koldo Martínez recordando emocionado a su abuela cuando recuperaron restos de sus familiares represaliados o José enmendando la plana a la Real Academia Española al hacernos conscientes de que su definición de "fútbol" es miope, escasa, fría y distante en comparación con las emociones que genera. 

    Y es que se habló mucho de fútbol en el mediodía de ayer. Entre activistas memorialistas como Pili Jaurrieta o descendientes de represaliados como el biznieto de Ramón Díaz-Delgado (quien se escondió con Enrique Cayuela en el reloj de Autobuses) también había mucho futbolero como el mítico Ángel Cappa, el periodista y merengue Ramón Lobo o el representante de Aficiones Unidas. Política con el  fútbol como marco en la sede de la soberanía popular. Una sede que nos impresionó a los presentes (qué biblioteca) y que dio el realce necesario a un acto necesario.

    Una vez de vuelta en la Plaza de la Marina Española todo eran caras de alegría y de admiración mutua. Conversaciones con periodistas de El País y El Periódico. Referencias a Colo-Colo y el Real Unión, comentarios sobre lo de mañana en Anoeta y una cerveza. Propuestas de reportajes, intercambio de contactos y otra cerveza. Un comentario sobre Osasuna y otro sobre un directivo que cayó en el olvido y la tercera. Gentes alegres y satisfechas del camino realizado hasta la fecha al que otros se unirán y del que no se ve la meta. No pudo ser más certera una de las frases de José: "el fútbol crea comunidad".

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