Como Homer contra Drederick Tatum
Piiiii...
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1-0.
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2-0.
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3-0.
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Solo han pasado 1567 segundos de partido y ya estoy lamentando los 3953 que vendrán hasta que cumplido el nonagésimosegundo minuto De Burgos Bengoetxea decida que ya está bien. Veo a mi equipo como a Homer Simpson boxeando contra Drederick Tatum, ese púgil contra el que ya no vale no hacer nada. Otras veces nos valió hacer el Don Tancredo, pero en el Camp Nou el inmovilismo que está siendo visto por todo el planeta futbolístico causa sonrojo.
Como un agujero negro que se lo traga todo, el partido devora también a alguno de los cambios. La apatía, la desgana y el pasotismo inundan el verde cuando al osasunista que sigue el encuentro desde el campo, por la televisión o por la radio le bastaría con una ínfima muestra de pundonor y de amor propio para sentirse medianamente satisfecho, conceptos alejados de placar a Riqui Puig o mandar a Cuenca el balón tras el pitido final. Eso no es una demostración de carácter; eso solo ejemplifica la impotencia.
Impotencia que solo se sacudió un chico de Miranda de Ebro que no es Sergio Herrera. Si hay que encarar a un campeón del todo como Piqué, se le encara; si hay que pelear un balón casi imposible, se pelea. Porque cantan Los Iruña'ko que el once de Osasuna es valiente y luchador. Una frase después Manuel Turrillas nos dijo que además defiende sus colores con brío arrollador. Ya está. Eso. Nos sentimos orgullosos con eso. Solo con eso. Pero no con menos. Nunca.
No se puede salir al campo a que te zurren. Uno puede entender que el objetivo está cercano y pueda haber cierta relajación, pero el Camp Nou está al nivel de la teatro de la Scala de Milán, del OAKA de Atenas o del trampolín de Garmisch-Partenkirchen. Ahí hay miles de ojos mirando al escudo bordado en tu pecho que es mucho más importante que el apellido serigrafiado junto a tus clavículas. Ahí no puedes hacer lo que hiciste ayer.
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