La RAE define mal; la empatía es más que eso

    La Real Academia Española limpia, fija y da esplendor y en sus definiciones se ve sobre todo eso de que limpia y fija porque sus definiciones suelen ser frías y asépticas. Las acepciones de "empatía" son quirúrgicas y precisas: sustantivo femenino. "Sentimiento de identificación con algo o alguien." "Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos." Están muy bien, pero dejan la emoción a un lado por lo que para darle calor a las palabras hay que mirar otros diccionarios. El de Oxford le pone el cariño necesario: "habilidad para imaginar y entender los pensamientos, la perspectiva y las emociones de otra persona." Esto se ajusta a lo vivido ayer por mí entre los minutos 57 y 63 de ayer en El Sadar.

    Lo (mal) ejecutado por Cárdenas, Rober Pier, Cáceres o Vezo lo hemos visto un millón de veces protagonizado por Unai, Oier, Sanzol o Cuéllar. Los fallos incomprensibles, los despejes defectuosos y las asistencias al rival las hemos vivido y revivido ya que suele ser el mal endémico de los equipos en descomposición clasificatoria. Os reconozco que lo pasé mal por ellos sobre todo en el gol de Darko Brasanac. El de Cajetina se disfrazó de fino estilista tras un despropósito defensivo granota cuando todos sabemos que al 8 rojillo le va más el apelativo de "el operario serbio" que le pone Aitor Plaza en las retransmisiones. Los del Ciutat de Valencia tienen cara de Segunda División y les veo como un Osasuna de su zona de influencia. A la sombra del Valencia en su ciudad y del Villarreal en su región. 

    Lucas Torró abusó del rival y la última media hora me sobró totalmente. El gol visitante no hizo temblar el estadio y solo espoleó ligeramente al Levante. Mi cabeza estaba con esa gente que ve a su equipo más cerca del Municipal de Santo Domingo que del Metropolitano porque es algo de lo que nosotros lamentablemente sabemos un montón. El destrozo pudo ser mayor si Kike García no hubiese tenido la mira desajustada. El 3-1 final fue engañoso ya que los valencianos se podrían haber llevado un buen carro de goles en el autobús.

    Osasuna, mandón, hizo que ni me quejase del árbitro, enfermedad crónica en mí. La victoria tenía que caer y cayó. Sin polémicas, dudas o rollos externos mi cerebro en las cervezas postpartido no dejaba de maquinar cómo podríamos hacer para que la RAE defina tan correctamente como hasta ahora pero con un poquito de corazón. Arturo, igual hay que darle una vuelta.

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