No, Heráclito de Éfeso, todo no cambia
Ya nos avisó Heráclito de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Que sí, que el Arga siempre será el Arga y el Sadar el Sadar, pero ni lo que lleva el Arga o el Sadar, ni quien se mete en el Arga o el Sadar son lo mismo hoy que ayer u hoy que mañana. Así que antes del Osasuna - Villarreal todo lo viví de forma diferente a como estaba acostumbrado y lo que desde ayer os leo me hace pensar que también viví un partido diferente al que vosotros vivisteis.
Empecemos con que es difícil enfrentarse a partidos que se deben disputar a la hora menos ortodoxa del mundo. Las dos de la tarde. Que no sabes si comer antes, comer después o desayunar fuerte y merendar torreznos o cordero. Tradicionalmente mi río se formaba de huevos con chistorra, patatas y un poco de tomate para untar acompañados de, al menos, media botella de tinto regular por barba. Ayer me comí un brunch. Café solo corto, smoothie de mango y frambuesa, huevos revueltos con hongos y yogur con granola y fresas. Brunch, smoothie, yogur con granola (esa cosa debería ir en cursiva también). Me he convertido en el tipo de persona que siempre odié, que diría Homer cuando no se puede acabar el chuletón, aunque reconozco que estaba rico. Le sumamos un cañón para sentirnos un poco mejor, pero lo de la granola... juro que no lo volveré a hacer más. Ese alpiste es una cosa indigna. Por supuesto llegábamos tarde y en vez del tradicional paseo al campo tuvimos que pedir un taxi y vino un Tesla con una pantalla más grande que mi tele. Fue un viaje que me sentó hasta mal con esas arrancadas más propias del turbo boost del Coche Fantástico que de un coche de toda la vida. ¿Tendremos que acostumbrarnos? Panta rei, todo cambia, nada permanece.
Creo que una vez sentado en el estadio mi río tampoco fue el vuestro. Porque ahora saltamos 2400 años y de Asia Menor a Asturias para recordar el poema de Ramón de Campoamor:
«Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira»
Me aburrí mucho sobre todo al principio. Que sí, que el rival era muy bueno y tal y cual. Me abuuuuurrooooo. Se trataba de aguantar al Villarreal y evitar lanzarnos a presionar para que no nos pillaran cagando y sin papel, lo sé. Y bien está lo que bien acaba (los derechos de autor de esto creo que son de Shakespeare), pero eso no quita para que en ese rato de digestión complicada se me hiciese bola la partida de ajedrez silenciosa y anodina entre Arrasate y Emery. No entendía las alabanzas al juego rojillo que leía en redes sociales los pocos instantes en que no usabais toda la cobertura del Sadar y parte del extranjero. Me desesperaban los errores en pases fáciles para jugadores de teórico primer nivel o la desubicación de un Javi Martínez que en banda arriba fallaba lo fácil y en banda abajo sufría con Pervis Josué Estupiñán Tenorio.
Pero, claro, la sublimación de un deporte tan coñazo como el fútbol es el gol de tu equipo. Ojo, remarco, tu equipo. No un gol cualquiera. Ahí, si estás atento y no hablando de tobillos al aire, se olvidan los bostezos, la defensa en bloque bajo (maldito eufemismo para el cerrojazo del siglo XX) y las quejas por el desempeño de Albiol o Munuera Montero y sus boys. Todo estalla como culminación de una obra coral de robo, conducción, pausa, templanza y remate. Pim, pam, pum, catapum. Dejas de estar aburrido. Todo pasa a ser tensión y órdenes tácticas desde la fila 4 de alguien que no sabe de fútbol ni quiere saber.
La sensación de músculos agarrotados y sangre retumbando en las sienes da paso, tras el triple pitido final, a una 'bajona magiar' (esto lo patentó un bético en Bari) de la que intentas salir con dos gin-tonic y un vino. Nada te sacará de ahí, pero estás contento. Ves el gol de nuevo en casa para que quien se lo perdió por hablar de tobillos lo disfrute. Pero Heráclito se equivocaba. Todo no cambia. Hay gente a la que se la suda el fútbol, se la sudará y hace santamente. Bastante tienen con aguantarnos a los demás con nuestro río, nuestra preocupación por la quinta amarilla de un fulano o el VAR y nuestras mierdas. Aunque un poquico sí se alegran cuando nos ven contentos tras una victoria de Osasuna.
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