Un niño con una tiza en tiempos de metadatos

    Tablas con diferentes valores de futbolistas en Transfermarkt, calendarios cruzados, palmarés, histórico en BDFútbol... Lo había repasado todo en los días anteriores al partido y el veredicto fue claro: lo normal es que no haya nada que hacer. De diez partidos frente al Real Madrid, lo lógico es perder siete. Eso nos dicen los números. No puedes ganar. Si lo haces será una rareza en el sistema.

    Me enfrentaba así al partido de ayer. Salí de casa pronto, tomé algo en una terraza de la Plaza del Castillo y lo vi. Unos niños habían usado la pared del quiosco de la Plaza del Castillo como lienzo en el que jugar al tres en raya con tizas de colores. ¿Por qué usar el suelo? ¿Por qué usar las típicas tizas blancas Marblas que mangábamos en el colegio? Colores y pared, y no una pared cualquiera sino la de uno de los elementos más fotografiados de Pamplona. Tizas de colores hasta rellenar el espacio entre la escalinata y la fuente. XOOXOXXXOXXXOXOOOOX ¿Por qué no? La clave está en pensar que se puede y actuar en consecuencia a pesar de que haya mil cosas que te digan que no. Jugar partidas hasta que alguien te diga que juegues en otro sitio. XXXOXOOXOXOO ¿Y si nadie te lo dice? ¿Y si disfrutas hasta no querer jugar más? ¿Y si algún día consigues ser campeón del mundo de tres en raya?
    
    Cambio de chip. Bocadillo y dos cervezas en la calle Tajonar. ¿Por qué no se va a poder? Si se han dejado a Casemiro, Modric, Bale y Mariano en casa, ¿por qué no va a ser factible? La entrada al campo me metió en un ambiente en el que mentalmente ya estaba. No era miércoles; era sábado. Todos lo sabíamos. Yo, Diego, Ainzúa y todos los de mi alrededor teníamos una tiza de un color diferente al blanco y sabíamos que podíamos hacer lo que nos diese la gana hasta que los mayores nos llamasen la atención. Lo vivimos todo muy intensamente e incluso cerrando los ojos a la evidencia. Gozando los buenos momentos. Echando la culpa de nuestros errores a quien nada tenía que ver con ellos. Pidiendo lo que se podía pedir y lo imposible. Reclamando lo que había que reclamar y lo absurdo. Protestando lo protestable y lo que la televisión minutos después nos iba a echar en cara que no lo era.
    
    Los metadatos nos devolvieron a nuestro sitio, pero fue un éxito que no nos venciesen antes de las nueve y media de la noche. Nadie nos podrá quitar las paradas celebradas como goles o los goles celebrados como tales aunque la alegría en alguno fuese efímera. Eso te lo llevas a casa, al principio en forma de cabreo y después en forma de regusto agridulce. Un regusto que te dice "el año que viene tendrán que volver". Los metadatos no miden las filias y fobias de los estadios ni la pasión de quien se sienta o no en sus asientos. Por eso en días como el de ayer bajamos al Sadar con la tiza de colores, esperando que un día los mayores no nos pillen y podamos jugar al tres en raya hasta que se vaya el sol sin que nadie nos llame la atención. Ya lo hemos hecho antes y lo volveremos a hacer.

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