Paquita y el fútbol como habría querido Boccherini

    El 8 de mayo de 1927 Osasuna visitó San Mamés y sus jugadores depositaron flores y rezaron una oración en el monumento a Pichichi. El busto había sido realizado por Quintín de la Torre en diciembre del año anterior y desde que en enero el MTK Budapest homenajease junto a él a Rafael Moreno, el acto se convirtió en una tradición: en la primera visita de cualquier equipo se rinde tributo al delantero bilbaíno que, tras forrarse a meter goles, abandonó el fútbol para ser árbitro y murió, probablemente de tifus, poco después. El guardameta rojillo, Osés, recogió seis veces el balón de las redes, y solo Seve Goiburu, de penalti, fue capaz de perforar la meta zurigorri. 6-1 y para casa. Aquel día el Español, que contaba con Ricardo Zamora entre palos, no jugó ya que tras quedar tercero tras Barcelona y Europa en la competición catalana no se clasificó para el Campeonato de España. 

    También ese día de hace 95 años en Castejón del Puente, Huesca, nacía Paquita Soláns y por eso esta 'anticrónica' está bañada de buenas viandas, caldos de Somontano y el cariño de sus hijos, nietos y de aquellos que con el paso del tiempo nos hemos unido políticamente a ella. A Paquita el fútbol, pché, ella es más de novela turca con el volumen a tope, pero sirva este blog para felicitarle. Que 95 años no son nada, ya cantaba algo así Carlos Gardel, y alrededor de 65 en Pamplona, tampoco.

    El caso es que hoy hemos visto un Espanyol - Osasuna muy para mí. O sea, muy para alguien que llega de una comida familiar ligeramente embriagado y solo se lo quiere pasar bien. El partido ha sonado a "Musica notturna delle strade di Madrid", esa pieza de Boccherini que sale en "Master and Commander". El quintettino del compositor toscano quiso representar la algarabía, el descontrol y la vivacidad de las calles de la Villa y Corte cuando en verano se iba el sol y el ambiente se hacía respirable. Gentes por la calle, niños que corretean, señoras que parlotean y se golpean el pecho con el abanico. A eso ha sonado el partido. A ausencia de centrocampismo entre equipos salvados por mucho que las matemáticas sigan negándolo. A partido roto interpretado por no habituales que desespera a amantes de los esquemas y la ortodoxia futbolística. Olor y sabor de fútbol de antes. De antes que el fútbol-control lo dominase todo.

    Los músicos han leído bien la partitura y se han afanado en la interpretación con desigual éxito. A un lado y al otro del campo se repetían los compases vivaces llenos de corcheas, semicorcheas y fusas. Desbarajuste y caos. Cuerdas rasgadas al mayor tempo que permite el metrónomo e instantes de 'pizzicato' virtuoso en las botas de Barja y Melamed. Vaya chirlos. Choques, que a excepción de una entrada de Brasanac que pudo mandarle a la caseta, sonaban a "no nos hagamos daño del todo". Nobleza y fallos propios de desatenciones o lucimientos innecesarios propios de quien tiene poco que perder. Partido malo para el observador purista y ciertamente entretenido para el forofo de copazo que se cree entrenador desde el sofá. Yo.

    Empate, que es lo que iba a pasar. Seguramente injusto por la inacción de esa herramienta que vino a arreglarlo todo, pero que si no funciona es inútil. Seguramente inmerecido para los locales si ponemos en la balanza los acercamiento de unos y otros. Empate, paz, amor y nos vemos el año que viene.

    Todo esto a Paquita le da igual. Ni se ha enterado del resultado. A ella le vale con que su familia le haya acompañado 95 años después de que Osasuna depositase el ramo ante el busto de Pichichi. 95 años después de que ella naciese en Castejón del Puente, Huesca. Felicidades y como Osasuna y Espanyol, nos vemos el año que viene para celebrar los 96.


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