Taffarel, Puyol, Oier y ocho más

    Si escuchásemos un once formado por Taffarel, Puyol, Fernando Couto, Chiellini, Simeone, Zidane, Pirlo, Ambrosini, Rooney, Benzema y Rush, pensaríamos que es un conjunto propio de quien nada sabe de táctica como el que ahora está aporreando teclas e impensable por cuestiones referidas al DNI ya que no veo a Ian Rush vistiéndose de corto con 60 años. Pero si Harry Redknapp lo ordena... Ian tendrá que obedecer. Un once en el que todos, incluido el míster, tienen títulos internacionales. Mundiales, Copas de Europa, Supercopas de Europa, Copas América, Intertotos... Y en el banquillo, esperando su turno para hacer lo que le manden, un chico de Estella, Oier Sanjurjo. ¿De qué juega? De lo que le digas. Lo mismo de lateral que de enganche, lo mismo de pivote que de aguador.

    ¿Y qué tienen que ver Puyol, Zidane, Taffarel y compañía con Oier? Pues que todos ellos son el sexto jugador con más partidos en la historia del Barcelona, del Milan, de la selección italiana, de la albiceleste o el sexto entrenador con más partidos dirigidos de la historia. ¿Garantiza eso títulos o prestigio? Está claro que no, ya que, ¿quién es el sexto jugador con más partidos del Sporting de Gijón o el Vitoria de Guimaraes? Pues casi nadie lo sabe, pero seguro que los hinchas del conjunto astur o del luso saben quiénes son Manuel Mesa o André André y muy posiblemente formen parte del imaginario popular de ambos equipos. ¿Cuánto vale entrar en ese club? Seguramente para quien consume fútbol como si fuese cualquier otra cosa, nada. Pero para quien chupa frío, calor, viento y precipitaciones es un título solo superable por quien juega aún más porque representa la fidelidad, el amor al escudo y la cercanía al de la grada. Vale millones. Eso vale Oier para la grada del Sadar. Por eso se hablará de él aún dentro de unos años.

    Contaba los minutos para ponerme en pie en mi asiento para aplaudir y despedir cómo se merecía a ese jugador que representa tantos valores propios de las buenas personas y los buenos profesionales. No venimos al mundo para ser los mejores. Hay que esforzarse, ayudar, ser buen compañero y dejar crecer y vivir. Y saber irse.  Lo que pasase dentro del campo me importaba tirando a poco.  La semana ha sido un tostón infumable de conchabeo y cansinismo. Que sí, que todos a una, Cádiz y Osasuna. Que sí, que te vas a comprar la camiseta de Osasuna. Que sí, joder. Que al final me va a dar igual si ganamos al Mallorca o no. Que solo quiero que ganemos por Fran. 

    Pero ni por esas. Salimos estirados o al menos más estirados que los baleares. Asustamos lo mínimo. Dos cosicas de Budimir y una del Chimy. Regular Osasuna y muy mal la cobertura en El Sadar ya que estábamos más atentos a Mendizorroza y el Nuevo Los Cármenes que a lo que teníamos delante y no había manera de saber si alguien marcaba. Hubo un tiempo en que tuvimos dos antenas en la tribuna principal, pero el 4G ni está ni se le espera, como al general Armada en Zarzuela el 23-F. Del 5G ni hablamos.

    Siguiendo con la ciencia-ficción del 23-F, Osasuna ejecutó un golpe de Estado regulero en la segunda parte. Habíamos entrado al césped, pero estábamos más pendientes de cuándo se despedía Ramalho, de en qué momento entraba Iñigo Pérez y de a quién le daba nuestro capitán el brazalete. Nada se movía en Vitoria ni en terreno nazarí y en Pamplona Ángel hacía lo que quería para dejar a los bermellones en Primera. Lo fue Grenier era el colofón a un mes feo. 

    ¿Y qué? Yo había bajado a aplaudir a un tipo que conocí en Burlada y al que he defendido a capa y espada todos los días. Hecho eso el resto me daba igual. Tomar una, entrar al campo, aplaudir a Oier, echar otra en el Bardenas y a casa. Un año más. El siguiente será el vigésimo sexto con carné. Y los que quedan con otros Oieres, otros Budimires y otros Arrasates. Osasuna sigue. Nosotros seguiremos. Salud y buen verano.

    Y, por supuesto, gracias por gastar diez minutos en leeros esto.
    
    

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