Cuántas veces he soñado ser Aimar Oroz

    Ocurría entre la calle Teobaldos y Jesuitas. En un tiempo definible como el Pleistoceno del transporte urbano comarcal en el que para ir de Burlada a Iturrama tenías que montarte primero en La Montañesa y luego en la COTUP yo compraba un billete de dos viajes que debía conservar hasta mi vuelta a casa por la tarde. Para subir a Pamplona no había bonobús ni tarjeta y en El Sadar había vallas y cemento para las posaderas. Y yo subía Carlos III cuando todavía había coches por ahí pensando que Chechu Rojo, Benítez o Paquito me iban a convocar para jugar el domingo contra el Poli Ejido.

    A mí. Que siempre he sido increíble jugando a fútbol. Increíblemente malo. Enseguida mi padre me animó a jugar a otra cosa tras un año de futbito en el Burladés, pero en mi mente saltaba al césped del Sadar y en el barullo de un córner en Graderío Sur con la gente subida a la valla, yo la enganchaba y marcaba el gol de la victoria. A veces la ilusión duraba de Merindades a la calle Tafalla y otras me venía arriba añadiendo detalles como las faltas que me hacían o dobletes inverosímiles y me daba para fantasear hasta Castillo de Maya pensando que lanzaba un penalti. Yo entonces era el Aimar Oroz de ayer. 

    Primer partido de la temporada. Con Tecatito, Papu Gómez, Jesús Navas, Rafa Mir y, sobre todo, Bono delante. Los de blanco son once tíos que los miércoles jugarán en Londres, Turín o Múnich. Y tú, que has jugado dos ratos con el primer equipo, le pides al Chimy que te deje tirar delante de 19 000 personas el penalti que te puede hacer líder circunstancial, pero líder. El penalti que hará estallar a esas 19 000 gargantas que llevan setenta y cinco minutos vibrando y sintiendo cada centro, cada despeje y cada encontronazo. Te intimidan. Son Fernando, Acuña, Gudelj y Rekik. Te pasan más de diez años, veinte kilos, quince centímetros y miles de minutos de experiencia. No existen, estás por encima. Tú también tienes lo tuyo. Calidad, calle e insolencia. 

    Entonces suena el pitido estridente de Del Cerro Grande. Sabes que entra porque eso ya lo has soñado. Decenas de veces. Llorando, pero da igual, va a entrar. Has tirado ese penalti en tu cabeza con la mochila llena de libros o el bolso para ir a Gimnasia con Ginés. Lo tiraste en la esquina de González Tablas con Bergamín o en la de Gorriti con Paulino Caballero. Aimar Oroz es tu alter ego.

    El balón toca el guante de Bono y luego la red. Y el estadio explota. Tu sueño está a punto de cumplirse. Solo hay que sufrir un poco más, correr un poco más y meter la pierna un poco más. Al decretarse el final el sueño de los miles de las gradas, el mío y, seguramente el de Aimar Oroz, se hace realidad. El chaval que atravesaba el Segundo Ensanche nunca pudo vivirlo en sus carnes, pero el camino de Teobaldos a Jesuitas, finalmente, llegó a la plenitud en 2022.

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