La redención de San Mamés Barria

    Cuando Andy Dufresne salió de la cloaca de la prisión de Shawshank tras "arrastrarse por quinientas yardas de porquería que apestaba como no me puedo ni imaginar, quinientas yardas, la longitud de cinco campos de fútbol, casi media milla" se dejó bañar con los brazos en alto por una lluvia incesante. Era el mismo aire que había respirado durante cerca de veinte años y la misma agua que le había bañado en los paseos por el patio con Red, Heywood y Brooks, pero que se convertía tras salir del del tubo en un chaparrón de libertad que lo cambiaba todo tras palizas, chantajes y desilusiones.

    Lucas Torró calcó el gesto del personaje interpretado por Tim Robbins en el instante en que el árbitro de la contienda decretó el final. Era el símbolo de la liberación futbolística tras caer muchísimos enteros en lo respectivo al juego o al ímpetu deportivo. Jugadores idolatrados que de un día a otro pasaron de aparecer en los onces de la jornada a verse cuestionados por aquellos que anteayer les hacían la ola. 

     Toda la decepción que se veía y vivía en la redes sociales y en la grada visitante del estadio por el pobre juego rojillo tenía su reflejo en un césped y una sala de prensa que no podían disimular el alivio por el punto robado cuando no alegría. Me imagino a los futbolistas de Osasuna en el vestuario leyendo los tuits de la forofada y pasándose por el arco del triunfo todos nuestros comentarios sobre sus 90 minutos. Como una cerveza de marca blanca bebida de trago en un día de sol inclemente de agosto. Como un cinco punto cero en cuarta convocatoria. 

       Viajó a Pamplona en autobús un punto de partida y de desahogo para un equipo en shock tras el gol de Raphinha que ni en Tarragona dio su justa medida de la misma forma que otros autobuses pasaron Altube llenos de aficionados  decepcionados por lo visto. Mundos, el de la grada y el vestuario, separados por años luz en cuanto a la comprensión de cómo debe ser el juego y cuáles deben ser los objetivos en cada instante. Quizá está bien que así sea. Quizá los de la bufanda tenemos que repetirnos más ese mantra socrático de "solo sé que no sé nada".



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