Fútbol para dionisíacos

    Cuando voy a comer una hamburguesa con mi mujer la escena se repite de forma cíclica: llega la comida, ella desdobla pulcramente la servilleta y estudia cómo atacar a la pieza de carne mientras yo, fiel a mi lema "cuando se coge la hamburguesa, no se suelta hasta acabar", me pongo hecho un cristo y me limpio las comisuras dejando un gurruño de papel sobre el plato. En ese momento ella, filóloga clásica, sentencia: "apolínea; dionisíaco", señalando nuestros platos respectivos.

    Se refiere a deidades griegas cuyas características ejemplifican algunos de nuestros comportamientos: Apolo, símbolo del equilibrio, la belleza y la armonía frente a Dioniso, dios del vino e inspirador de la locura ritual, del desenfreno y los ritos mistéricos.

    Evidentemente el partido de ayer no fue adecuado para mi mujer: principalmente porque aborrece lo que tenga que ver con meter goles en campos de un hectómetro de largo y porque lo que se vivió y sintió estuvo lejos del orden, la disciplina, las líneas rectas y los ángulos perfectamente trazados. Fue un encuentro vivido con frenesí desde horas antes del pitido inicial, en el que la grada marcaba el ritmo brutal de una danza desordenada y de impulsos. No estaba el juego para regidores calmados o para mediocentros anestesistas del esférico. Cualquiera tomaba la batuta para imponer su compás, cada lance era la oportunidad para alterar a la grada y todos parecían hallarse cómodos en esa representación.

    Los estudiosos del juego no hallaban reflejo a los que habían vaticinado en tertulias y reportajes y los seguidores de Dioniso gozaban de cada entrada, de las galopadas a ninguna parte y de los choques entre contrincantes. A cada balón dividido, un alarido; a cada signo de decadencia, un grito de ánimo. Fue un partido para disfrutones de sus colores, para aquellos que llevaban horas esperando el pitido inicial de Gil Manzano y todos salieron saciados y embriagados del espectáculo. 

    El apolíneo revisitará el partido para encontrar síntomas de lo que pronosticó; el dionisíaco paladeará de nuevo ese instante en que jaleó el evitar un saque de banda. Distintas visiones para los mismos 90 minutos aunque está claro quien quedó más satisfecho.


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